“Desapareced, espíritus”, dice Anna mientras abre las puertas al reverberante mar Egeo. Sin embargo, los fantasmas no se dejan ahuyentar fácilmente. Su marido Max, a quien ha perdido recientemente, está junto a ella tanto como León, su difunto padre, que sigue metiéndose en su vida cotidiana y continúa dándole buenos consejos. Mientras Anna reflexiona sobre la decisión de si debe vender o no la casona familiar, emerge el pasado cada vez con más intensidad. Así, empieza a comprender la compleja relación de sus padres. Pese a todos estos recuerdos, no deja de percibir el presente de la isla. Nada en el mar, cocina, intercambia recetas con su vieja amiga de los tiempos de la niñez, conoce y ama a Nikóla, un hombre joven de la isla, quien, por su parte, sueña con vivir en una gran ciudad como Berlín.