Tras cuarenta años de ausencia todo ha cambiado para aquel joven impaciente que se sintió obligado a escapar del clan familiar y de sus ortodoxias. También él ha sufrido, desde otras contradicciones, el desconcierto de sus utopías. Nada es ya como era, aunque tampoco haya nada aún previsible sobre cómo habrá de ser. Y la vida continúa, igualmente efímera para unos y otros, bajo la misma perplejidad. Octavia, la joven heredera, inserta de forma espúrea en la saga tradicional, se refugiaba en otros paraísos. Personaje de tragedia clásica, tenía que morir. Ajeno a nuestras intrahistorias, sereno, intemporal, el río continúa reflejando las eternas escenografías de la ciudad, ensoñadas, fantasmagóricas, como su realidad.