En el extremo norte de África, en la frontera con Marruecos, existe una pequeña ciudad llamada Melilla. Se trata de un enclave español de no más de 12 kilómetros cuadrados en el que conviven cristianos, musulmanes, judíos e hindúes. Durante la Semana Santa, tiene lugar un festival cinematográfico que sólo se centra en el cine español. En el transcurso del festival cinematográfico, con el que muchos melillenses están resentidos, distintas personas hablan de cine, política, religión y homosexualidad. Por ejemplo, un miembro de la comunidad judía, que piensa que nunca se rodarán bastantes películas sobre el Holocausto. Un fundamentalista musulmán que piensa que Melilla es árabe y pertenece a Marruecos. Un peluquero católico que piensa que debería haber más monumentos fascistas en Melilla de los ya existentes. Un travesti musulmán de dieciocho años orgulloso de ser ateo. Por no hablar de un judío convertido al catolicismo o los tres gays que opinan que con la democracia y la libertad de elección se ha perdido la emoción que supone “probar la fruta prohibida”. Y muchos más…