Jesús, muchacho de unos dieciocho años, vive en el monte con sus padres, y ha crecido ajeno a criterios comparativos de comportamiento que le obliguen a adoptar actitudes premeditadas. Por eso, cada vez que se encuentra con alguien del pueblo cercano, el muchacho se convierte en involuntario catalizador de las ansiedades, las frustraciones o los traumas de los demás, y cada cual se sirve de él para exteriorizar sus necesidades más primarias, en ocasiones fanáticas, en ocasiones mezquinas, en ocasiones enfermizas... Jesús, sin pretenderlo, es arrastrado en forma tal por esa vorágine de pasiones y fracasos, que debe aferrarse a su animalidad más primitiva como único recurso de autoprotección.